sábado, 4 de febrero de 2012

Capitulo 2.


Vane se puso unos pantalones cortos de color caqui y luego se agachó para buscar las sandalias. De acuerdo con sus cálculos, la mayoría de los pasajeros que desembarcaría para pasar el día en Nassau ya lo habría hecho. Existían pocas posibilidades de verse atrapada en el tumulto o de tener que abrirse paso entre los taxistas y guías turísticos del puerto. Como iba a ser su último viaje, quería disfrutar del papel de turista y comprar algunos regalos para su familia. Maldijo la sandalia que de algún modo se había enganchado en el rincón más alejado y se metió bajo la litera.
Tumbada completamente extendida podía tocar cada pared del camarote. En la otra dirección tenía unos sesenta centímetros libres. Junto a la cama había una diminuta cómoda con espejo fijada al suelo y un espacio reducido que desempeñaba el papel de armario. A menudo se consideraba afortunada por no sufrir de claustrofobia.
Sin levantarse del suelo, se calzó las sandalias y comenzó a comprobar el contenido de la mochila que iba a llevar. Cartera y gafas de sol. «Bueno, no se me ocurre que pueda necesitar nada más», reflexionó mientras se levantaba con elasticidad. Durante un momento pensó en preguntarle a alguno de los otros croupiers si quería acompañarla, pero descartó la idea. No estaba de muy buen humor, y cualquiera que trabajara de cerca con ella no tardaría en descubrirlo, y quizá en averiguar el motivo.
Lo último que quería era hablar de Zac Efron. «De hecho», concluyó mientras se acomodaba sobre el pelo una gorra de tenis también de color caqui, «lo último que quiero es pensar en él, con sus fríos ojos azules, su boca que era su despiadado atractivo»,
Al darse cuenta de que estaba pensando en él, abandonó el camarote de peor humor. «Solo quedan nueve días más», se recordó al prescindir del ascensor y subir las escaleras a pie. Podría soportar cualquier cosa durante nueve días.
Con una mueca recordó al vendedor de Detroit que la había seguido a todas las mesas en el crucero de la primavera anterior. Había llegado tan lejos como para presentarse en los alojamientos de la tripulación para tratar de convencerla de que lo dejara entrar en su camarote. Se lo quitó de encima afirmando que su novio era el ingeniero jefe, un italiano robusto con bíceps como troncos de árbol. No creyó que esa táctica funcionara con un hombre como Zac Efron.
Mientras subía, la moqueta sencilla de la zona de la tripulación se vio remplazada por la roja y dorada que abarcaba el resto del barco. Al llegar al nivel principal intercambió un saludo rápido con otros miembros de la tripulación que aún seguían a bordo.
Dos hombres se hallaban a cada lado de la pasarela, uno con el uniforme blanco almidonado del primer oficial y el otro con un atuendo informal.
Como de costumbre, hablaban con intensidad pero sin acaloramiento. Vane captó primero la atención del director del crucero, un pequeño inglés de pelo rubio y energía ilimitada. Le guiñó el ojo y luego se plantó entre los dos hombres.
-¿Qué diplomático os destinó al servicio de la pasarela juntos? -preguntó con fingido suspiro-. Supongo que tendré que desempeñar el papel de árbitro. ¿De qué se trata esta vez?
-Rob afirma que la señora Dewaiter es una viuda rica -comenzó Jack, el inglés-. Yo digo que está divorciada.
-Es viuda -empezó el primer oficial, cruzando los brazos-. Una viuda hermosa y rica.
-La señora Dewaiter-musitó Vane.
-Alta -explicó Jack-. Pelo rojo, corto y bien arreglado.
Vane imaginó a la mujer que había visto fugazmente la noche anterior en el casino.
-¿Viuda o divorciada? -inquirió, acostumbrada a las discusiones entre los dos hombres-. ¿Llevaba anillos?
-Exacto -corroboró Rob con una mueca a su compañero-. Llevaba anillos. Las viudas los llevan.
-Y también los primeros oficiales con la cabeza hueca -señaló Jack, indicando el sello que había en la mano de Rob.
-La cuestión es -interrumpió Vane antes de que Rob pudiera replicar-, ¿qué clase de anillo? ¿Una banda sencilla de oro? ¿Uno con alguna piedra preciosa?
-Un pedazo de hielo tan grande como el huevo de una gallina -informó Rob, con otra mueca hacia Jack- Viuda rica.
-Divorciada -contradijo Vane, desinflando su burbuja de felicidad-. Lo siento, si hacemos caso de los porcentajes, Rob, es la respuesta más factible.
Los huevos de gallina rara vez se llevan por motivos sentimentales -después de consolarlo con una palmadita en la mejilla, lo saludó con formalidad-. ¡Permiso para bajar a tierra, señor!
-Lárgate -la empujó-. Ve a comprarte un colchón de paja.
Riendo, ella descendió por los estrechos escalones de hierro.
El sol brillaba, el aire era húmedo y templado. Vane regateó con unos niños que estaban vendiendo collares de caracolas en el muelle y llegó a la conclusión de que al final no iba a ser un mal día. Disponía de horas para hacer lo que había planeado en uno de los puntos turísticos más bonitos de las Bahamas.
-Tres dólares -le dijo el niño negro delgado, extendiendo un puñado de collares. Solo llevaba puestos unos pantalones cortos y un medallón que mostraba signos de oxidación. Su compañero tenía una pequeña radio portátil al oído mientras se movía con elasticidad al ritmo del reggae.
-Pirata -manifestó Vane de buen humor-. Un dólar
El niño sonrió al percibir a una regateadora hábil.
-Oh, hermosa dama -comenzó con su melódica voz-. Si pudiera, le entregaría el collar únicamente a cambio de su sonrisa, pero entonces mi padre me pegaría-
-Sí, puedo ver lo mucho que han abusado de ti -enarcó una ceja-. Un dólar y cuarto.
-Dos cincuenta. Yo mismo recogí las caracolas y las uní a la luz de una vela.
Vane rió y movió la cabeza.
-Lo próximo que me dirás es que te enfrentaste a un grupo de tiburones.
-No hay tiburones cerca de nuestra isla, señorita -manifestó con orgullo-. Dos dólares americanos.
-Un dólar Y medio porque admiro tu imaginación -metió la mano en la mochila y sacó la cartera. El dinero desapareció de sus manos y fue a parar al bolsillo del niño en un abrir y cerrar de ojos.
-Por usted, hermosa dama, me arriesgaré a recibir una paliza.
Vane eligió un collar, luego le dio otra moneda de un cuarto.
-Pirata -murmuró mientras él le sonreía. Se pasó la mochila al hombro y se alejó.
Fue en ese momento cuando lo vio, de pie en el muelle. No se sorprendió tanto como habría esperado, aunque de algún modo sabía que lo encontraría. Llevaba puesta una camiseta de color beige que hacía que su piel pareciera casi cobriza y unos pantalones vaqueros cortos y gastados que resaltaban sus piernas finas y musculosas. A pesar de que el sol brillaba con intensidad, no lucía gafas no daba la impresión de necesitarlas. Justo cuando debatía consigo misma si pasar a su lado sin hablarle, él fue a su encuentro. Se movía con la gracilidad de un cazador...
«Un hombre», pensó sin motivo específico, «más acostumbrado a la arena o la hierba que el asfalto».-Buenos días -Zac le tomó la mano como si el encuentro hubiera sido pactado.
-Buenos días -respondió con frialdad, retirando la mano para no ofrecerle ninguna satisfacción- ¿No ha contratado ninguno de los recorridos con guía?
-No. No me gusta que me dirijan -comenzó a caminar hacia la ciudad al lado de Vane.
Ella contuvo una réplica furiosa y habló con una voz calculadamente amable.
-Varios de los recorridos merecen la pena. De verdad que son el mejor modo de conocer la isla en el período de tiempo limitado que permanecemos en puerto,
-Tú ya has estado aquí -indicó-. ¿Por qué no me la muestras?
-Estoy fuera de servicio -expuso con sequedad-. Y me voy de compras.
-Bien. Como ya has empezado -miró el collar que aún llevaba en la mano-, ¿a donde quieres ir ahora?
Vane decidió abandonar por completo la diplomacia.
-Por favor, ¿quiere dejarme en paz? Pretendo disfrutar del día.
-Y yo.
- Sola –recalcó.
Él se detuvo y se volvió hacia ella.
-¿Nunca has oído que los americanos permanecen juntos en suelo extranjero? -preguntó al quitarle el collar de los dedos y pasárselo por la cabeza.
-No -respondió, deseando no tener tantas ganas de sonreír.
-Te lo explicaré mientras damos un paseo en un coche de caballos,
-Voy a ir de compras -le recordó mientras la conducía a la ciudad.
-Después del paseo tendrás una idea mejor de lo que quieres comprar.
-Zac -igualó su andar porque era mejor que ser arrastrada-. ¿Aceptas alguna vez un no por respuesta.
-No que recuerde -contestó después de pensárselo.
-Ya me lo parecía -musitó, y se detuvo para observarlo fijamente.
-De acuerdo, probemos de esta manera. Si sale cara, damos un paseo, si sale cruz, te vas de compras -metió la mano en el bolsillo y extrajo una moneda.
-Probablemente sea una moneda con dos caras -dijo al mirarla con el ceño fruncido.
-Jamás hago trampas -manifestó Zac con solemnidad al sostener la moneda entre los dedos pulgar e índice para que ella la examinara.
«Puedo negarme y seguir mi camino», reflexionó Vane, pero descubrió que asentía. Las probabilidades estaban niveladas. Con un movimiento diestro de la muñeca, Zac hizo que la moneda diera vueltas en el aire, la atrapó y la plantó sobre el dorso de su otra mano. Cara. De algún modo ella había sabido que iba a salir cara.
-Nunca hay que apostar contra la banca –musitó Vane mientras subía al coche.
Cuando el caballo emprendió su pausado trote, mantuvo un silencio digno... durante unos treinta segundos. Conociéndose bien, se vio obligada a reconocer que si no hubiera querido subir al coche, no lo habría hecho. No sin oponer resistencia. De modo que en vez de un silencio digno, dejó la mochila en el suelo, prescindió del encanto de la calle estrecha y miró a su acompañante,
-¿Qué haces aquí?
-Disfrutar del paseo -pasó un brazo por el respaldo del asiento y jugueteó con el pelo de ella.
-Basta de respuestas evasivas, Zac. Querías mi compañía y la tienes, a menos que decida gritar que me has atacado y salte del coche.
La observó un instante, primero con curiosidad, luego con admiración. Sabía que lo haría. Bajó los dedos hasta su nuca.
-¿Qué quieres saber?
-¿Qué haces en el Celebración -exigió, apartándose del placer que le provocaban sus dedos-. No me das la impresión de ser el tipo de hombre que haría un crucero tropical para relajarse.
-Un amigo me lo recomendó. Me sentía desasosegado y él se mostró persuasivo -volvió a acariciarle el cuello-. ¿Qué haces tú en el Celebración?
-Trabajar en las mesas de blackjack.
-¿Por qué?
-Me sentía desasosegada -a pesar de sí misma, sonrió.
El conductor del coche inició su monólogo sobre los puntos más bonitos de la isla, pero notó que la pareja solo estaba interesada en sí misma. Chasqueó la lengua para avivar el paso del caballo y guardó silencio.
-De acuerdo, ¿de dónde eres? -preguntó Vane, buscando un punto de partida-. Tengo la costumbre de situar a la gente por su acento, pero contigo no lo consigo.
-Viajo -sonrió de manera enigmática.
-Originalmente -insistió, entrecerrando los ojos ante la evasiva.
-Nevada.
-Las Vegas -Vane asintió-. Has pasado algún tiempo allí. Imagino que es la ciudad adecuada para las personas con habilidades específicas -al ver que él se encogía de hombros, estudió su perfil-. ¿Y es así como te ganas la vida? ¿Jugando?
-Sí -giró la cabeza para mirarla a los ojos-. ¿Por que?
-Anoche solo había dos jugadores en la mesa -repuso-. El hombre de Georgia y tú, aunque él era menos profesional.
-¿Y los otros? -preguntó con curiosidad.
-Oh, al texano le gusta el juego no se concentra tanto en él. La rubia de Nueva York se considera una jugadora -debido al suave movimiento del coche, sonrió y se relajó-. Pero no logra retener las cartas ni las probabilidades. Terminará por perder mucho o ganando por suerte. El hombre de Nueva York observa las cartas pero no sabe cómo apostar. Tú posees la concentración que distingue a un jugador de un aficionado.
-Una teoría muy interesante -reflexionó. Con un dedo bajó las gafas de ella por el puente de su nariz para poder verle los ojos sin ninguna barrera-. ¿Tú juegas, Vane?
-Depende del juego y de las probabilidades -informó, subiéndose otra vez las gafas-. No me gusta perder -por la expresión de los ojos de él, se dio cuenta de que no hablaban de cartas, sino de un juego mucho más peligroso.
Con una sonrisa, Zac se reclinó y señaló hacia su derecha con la mano.
-Tienen unas playas bonitas aquí.
-Mmmm.
Como si fuera la señal esperada, el conductor reanudo su guión, y les ofreció un comentario sobre la isla hasta que los llevó de vuelta al punto de partida. Las calles ya se habían llenado de gente, la mayoría turistas con bolsas de compras y cámaras. Ambas aceras estaban alineadas con tiendas, algunas con las puertas abiertas, todas con los escaparates a rebosar.
-Bueno, gracias por el paseo - Vane comenzó a bajar, pero Zac le rodeó la cintura con las manos y la alzó con ligereza. La sostuvo a unos centímetros del suelo mientras ella se aferraba a sus hombros para estabilizarse. Su poco peso lo sorprendió, haciendo que comprendiera que su sexualidad y estilo lo habían cegado a la realidad de lo pequeña que era. De pronto sus dedos se tornaron delicados al depositarla en el suelo.
-Gracias -logró decir después de aclararse la garganta-. Que tengas un buen día.
-Eso pretendo -afirmó al tomarle otra vez la mano.
-Zac... -respiró hondo. Decidió que había llegado el momento de plantarse. Ese breve instante en que la había sostenido le recordó lo tonta que había sido en relajarse incluso un momento-. Acepté dar un paseo en coche contigo, pero ahora me voy de compras.
-Perfecto. Te acompañaré.
-Busco regalos, Zac -trató de desanimarlo-. Ya sabes, camisetas, gorras. Te aburrirás.
-Nunca me aburro,
-Esta vez, sí -comentó al avanzar por la calle, con las manos aún unidas-. Te lo prometo.
-¿Qué te parece un cenicero que ponga Bienvenidos a Nassau? -sugirió él.
Con valor, Vane contuvo la risa.
-Voy a entrar aquí -indicó, deteniéndose en un impulso ante la primera tienda que encontraron. Y pensaba detenerse en todas las tiendas de Bay Street hasta que consiguiera volverlo loco.
Cuando la mochila contuvo llaveros musicales, diversas camisetas y cajas hechas de caracolas, Vane ya había olvidado que su deseo había sido deshacerse de él. La hacía reír... la seducción más delicada. Para un hombre al que instintivamente había catalogado como solitario, Zac era una compañía agradable.
Al rato no solo había dejado de sentirse molesta, sino que desterró toda cautela.
-¡Mira! -alzó un coco hueco tallado con la forma de una cabeza sonriente.
-Elegante -comentó él, examinándolo.
-Es ridículo, tonto -riendo, sacó la cartera-. Y perfecto para mi hermano. Caine también es ridículo... Bueno, no todo el tiempo -añadió con escrúpulos.
Los pasillos del mercadillo estaban atestados de gente y de mercancías, pero no tanto para que Vane no pudiera abrirse paso en busca de tesoros. Al ver un gran bolso de paja, se lo señaló a Zac. Este obedeció y se lo bajó.
-Es casi tan grande como tú -comentó cuando ella se lo quitó.
-No es para mí -murmuró, estudiándolo con minuciosidad-. Mi madre borda mucho; le vendrá bien algo así.
-Está hecho a mano -comentó una mujer de piel oscura que fumaba una pipa en una mecedora-. Lo hice yo -añadió, palmeándose el generoso pecho-. En mi puesto no hay nada de Hong Kong.
-Tiene unas cosas preciosas –dijo Vane, aunque la mujer ya le interesaba más que el bolso.
Alzando un gran abanico de hoja de palmera, la isleña comenzó a agitar el aire caluroso con gesto majestuoso. Vane quedó fascinada al ver un anillo en cada uno de sus dedos.
-¿Le ha comprado algo bonito a su novia hoy? -le preguntó a Zac con un resplandor de dientes blancos.
-No, todavía no -respondió antes de que Vane pudiera hablar-. ¿Qué me sugiere?
-Zac...
-Mire -la mujer la interrumpió y señaló unas prendas de vestir a su derecha. Sacó una túnica de color crema llamada dashiki que lucía un reborde de osados puntos en tonos arco iris-. Es especial -le dijo a él, poniéndosela en las manos-. Aquí lleva mucho color miel, como sus ojos.
-Son marrones -comenzó Vane-, y no soy...
-Veamos -Zac la colocó delante de ella, observando el efecto a través de ojos entrecerrados-. Sí, te queda bien -decidió.
-Póngasela esta noche para su hombre -aconsejó la mujer, que ya había empezado a doblarla para guardarla en una bolsa-. Muy sexy.
-Una idea excelente -convino él mientras contaba billetes.
-Aguarde un momento -Vane le apuntó con la mano que todavía sostenía el bolso de paja-. No es mi hombre,
-¿No es su hombre? -la mujer soltó una carcajada y no paró de moverse hasta que la mecedora gimió en protesta-. Encanto, no cabe duda de que este es su hombre, no puede engañar a la séptima hija de una séptima hija. Desde luego que no. ¿Quiere también el bolso?
-Bueno, yo... -contempló el bolso de paja como si no tuviera idea de cómo había ido a parar a su mano.
-El bolso también - Zac extrajo unos billetes más-. Gracias.
-Que disfruten de la isla -el dinero desapareció en su enorme mano mientras seguía meciéndose.
-Espere un...
Pero Zac ya tiraba de ella.
-No puedes discutir con la séptima hija de una séptima hija, Vane. Quién sabe qué maldición te podría lanzar.
-Tonterías -afirmó, pero miró con recelo por encima del hombro hacia la mujer en la mecedora-. Y tú no puedes comprarme ropa, Zac. Ni siquiera te conozco.
-Ya lo he hecho.
-Bueno, pues no deberías haberlo hecho. Y has pagado el bolso para mi madre.
-Dale recuerdos
Suspiró y entrecerró los ojos cuando salieron a la luz del sol.
-Eres un hombre muy difícil.
-¿Lo ves? Sí me conoces -le quitó las gafas de sol del sombrero y se las puso-. ¿Tienes hambre?
-Sí -sintió un tic en las comisuras de la boca y al final se rindió y se permitió sonreír-. Sí.
-¿Qué te parece un picnic en la playa? -preguntó, jugando con un dedo sobre la palma de la mano de ella.
No resultaba fácil soslayar el hormigueo que había comenzado a subirle por el brazo, pero logró encogerse de hombros con indiferencia. -Si tienes comida, si tienes transporte y si tienes alguna bebida fresca de la isla, podría estar interesada.
-¿Algo más? -preguntó al detenerse para apoyarse en el capó de un Mercedes.
-No que se me ocurra ahora.
-Muy bien, vayamos entonces -sacó las llaves del coche y rodeó el vehículo para abrirle la puerta.
-¿Quieres decir que este coche es tuyo? –preguntó boquiabierta y con la mochila colgándole de los dedos.
-No, es el que he alquilado. Hay una nevera portátil en el maletero. ¿Te gusta el pollo frío?
Cuando él dejó las bolsas en el asiento de atrás, Vane plantó las manos en las caderas.
-Estabas condenadamente seguro de ti, ¿verdad?
-Solo calculé las probabilidades -afirmó, luego le tomó la barbilla con una mano y le dio un beso leve en los labios-. Nada más.
Vane se sentó sin saber si admirar o detestar su descaro. Pensó que le gustaría descubrir qué otras cartas se guardaba en la manga. Notó que Zac conducía como hacía lo demás, con la serena arrogancia de quien sabe que tiene todo bajo control. Parecía aclimatado a ir por el carril izquierdo como si lo hiciera a diario.
Pasaron bajo las hojas grandes de los almendros y junto a vides verdes que en un mes estarían maduras. El viento mecía las ramas con las flores del naranjo típicas de la isla. Él no habló, y una vez más Vane notó su extraña y admirable capacidad para el silencio. Sin embargo, más que tranquilizador, resultaba excitante.
Mientras dejaban atrás los bonitos hogares coloniales de los ricos en dirección a las playas públicas, se le ocurrió que una relajación verdadera era algo que no se experimentaría a menudo junto a un hombre como Zac Efron. Aunque de inmediato se dijo que tampoco era algo que ella buscara. Se volvió en el asiento y cambió la belleza tropical de Nassau por los rasgos atractivos y casi aguileños de él. Era un Jugador. Un conocido de a bordo. Tenía mucha experiencia con ambas cosas como para confiar en que pudiera surgir una relación profunda y duradera. No obstante, consideró que si iba con cuidado, podría disfrutar de su compañía unos días. ¿Qué daño podría causarle llegar a conocerlo un poco más, en pasar algo de tiempo libre con él? No era como algunas de sus compañeras en el casino, que se enamoraban y desenamoraban o perdían el corazón por alguno de los pasajeros para sentirse desdichadas y destrozadas al final de un viaje.
Cuando una mujer había conseguido mantener su corazón de una pieza en veintiséis años, no iba a perderlo en diez días... «¿Verdad?»
Zac se volvió para ofrecerle una de sus miradas controladas y serias. Ella sintió mariposas en la garganta. Se prometió que iba a tener mucho cuidado, como si atravesara un campo de minas.
-¿En que piensas?
-En bombas -respondió-. Bombas mortales, camufladas -le sonrió con inocencia-. ¿Vamos a comer pronto? Me muero de hambre.
Después de observarla unos momentos, se desvió fuera del camino.
-¿Que te parece aquí?
Vane contempló la arena blanca y el azul intenso del océano. -Perfecto -bajó del coche y aspiró una profunda bocanada de aire fragante-. No lo hago a menudo. Cuando el barco se encuentra en un puerto, por lo general dedico el tiempo a recuperar el sueño o lectura atrasada, o intento broncearme un poco en la cubierta. He olvidado el número de veces que hemos atracado en esta isla.
-¿No entraste a trabajar en el barco por los viajes? -del maletero sacó una nevera pequeña y una manta doblada.
-No, en realidad lo hice por la gente. Quería averiguar cuántas clases de personas había en el mundo -se quitó las sandalias para sentir la arena caliente bajo los pies-En el barco somos más de quinientos tripulantes, y solo diez son estadounidenses. Te sorprendería la variedad de gente que conoces. Es como una O.N.U. flotante -le quitó la manta de debajo del brazo, la abrió y dejó que el viento la inflara-. He repartido cartas a jugadores de todos los continentes -se sentó al estilo indio en el borde de la manta-. Echaré de menos eso.
-¿Lo echarás de menos? -se dejó caer a su lado-. ¿Vas a dejarlo?
Se quitó la gorra y se soltó el pelo.
-Es hora. Quiero pasar un tiempo con mi familia antes de hacer otra cosa.
-¿Qué tienes en mente?
-He estado pensando en un hotel casino -frunció los labios, pensativa. Era un proyecto que quería tratar pronto con su padre. Él sabría el mejor modo para financiar la propiedad y un edificio.
-Ya has tenido la experiencia -musitó él, creyendo que pensaba en solicitar un puesto como croupier-. La única diferencia sería que estarías en tierra firme -de pronto tuvo una idea, pero decidió esperar antes de planteársela-. ¿Dónde vive tu familia?
-¿Mmm? Oh, en Massachusetts -miró la nevera-. Aliméntame -cuando  Zac abrió la tapa, notó que las servilletas y los cubiertos eran del barco-. ¿Cómo lo has conseguido? -quiso saber-. La cocina tiene la política de no preparar picnic para los pasajeros.
-Los soborné -repuso con sencillez al pasarle un muslo de pollo.
-Oh -dio un buen mordisco-. Buena idea. ¿Qué has traído para beber?
En respuesta, Zac sacó el termo y dos vasos de plástico con el logotipo del barco.
-¿Cómo está el pollo?
-Estupendo. Come -aceptó el vaso con un líquido oscuro y bebió con cautela. Era una bebida afrutada, suavizada con ron de la isla-. Oh, la especialidad del Celebration -miró pensativa el vaso-. Por lo general acostumbro a no acercarme ni a un metro de esto.
-Estás de permiso -le recordó, sacando una pieza de pollo de la nevera.
-Y quiero vivir para contarlo -murmuró. Por el momento se concentró en el pollo y en el placer de no tener que hacer otra cosa más que disfrutar de la brisa.
-Habría imaginado que las playas estarían más concurridas -comentó Zac.
-Mmm -Vane asintió mientras bebía otro trago-. La mayoría de los turistas que no ha salido de compras se encuentra en excursiones guiadas o buceando del otro lado de la isla. Además, aún no es la temporada alta -gesticuló con el muslo antes de dejarlo caer sobre la servilleta-. En plena temporada no las verás tan tranquilas. Aunque hay mucho que ver y hacer en Nassau además de bañarte y tomar el sol.
-Mmm -la observó quitarse un poco de arena del muslo-. Eso dijo el conductor del coche.
-Me sorprende que no te hayas trasladado en ferry a Paradise Island para ir al casino.
-¿Sí? -se inclinó y tomó un mechón de pelo en la mano-. No es el único juego de la ciudad.
Zac le rozó los labios con la intención de darle un beso fugaz y juguetón. Pero la intención se evaporó al probar su sabor cálido y maduro.
-¿Cómo he podido olvidar lo mucho que te deseo? -susurró, luego ahogó la respuesta apagada de ella con una presión dura. Introdujo la lengua entre sus labios para separarlos con destreza mientras la pegaba a la manta.
Al sentir el cuerpo musculoso contra ella, Vane quiso objetar pero, como por voluntad propia, sus brazos lo rodearon y lo acercó, mientras su boca comenzaba una búsqueda ávida de la de Zac.
El sol se filtraba a través de las hojas de la palmera bajo la que se encontraban, centelleando sobre los párpados cerrados de Vane hasta que solo fue una bruma roja danzando delante de sus ojos. Él la besó como nunca antes lo habían hecho, con labios, dientes y lengua, mordisqueando, devorando, seduciendo, poseyendo. Sus bocas se unieron en un sabor más poderoso que el ron que habían probado.
Un gaviota voló hacia el mar mientras emitía un prolongado grito que ninguno de ellos oyó. Cuando Zac le pasó las manos por los brazos, ella sintió el contacto en cada centímetro del cuerpo. Sus pechos lo anhelaron sus muslos temblaron. En su deseo de que lo imaginario fuera real, gimió y se movió bajo él, en invitación.
Zac apartó los labios y los posó en el cuello de Vane mientras intentaba aferrarse al fino borde de la razón. La deseaba, quería sentir la piel suave encenderse y humedecerse bajo sus manos. Quería tocar cada curva sutil y sentir todas sus pulsaciones y saborearla hasta que ambos enloquecieran.
Cuando las manos de ella se movieron por su espalda, el deseo lo desgarró con una profundidad que jamás había experimentado y luchó por recordar que no se hallaban en una habitación oscura y a solas. Nunca una mujer lo había llevado tan lejos con solo un beso. Únicamente podía pensar hasta dónde lo arrastraría cuando fuera libre para tomarla por entero.
Mordisqueando y succionando, subió la boca hasta la oreja de ella.
-Vuelve ahora conmigo, Vane -lamió el lóbulo antes de atraparlo entre los dientes-. Regresa conmigo a mi camarote. Te deseo.
Las palabras parecieron flotar hasta la conciencia de ella y a punto estuvieron de perderse antes de comprender su significado.
-No -al oír la protesta débil, trató de reforzarla-. No -repitió, apartándose de él. Se sentó y cruzó los brazos en torno a las rodillas hasta que su respiración se serenó-. No -dijo por tercera vez-. No tienes derecho a... a...
-¿A qué? -exigió Zac, girándole la cara con las manos para que lo mirara-. ¿A desearte o a mostrarte lo que tú deseas de mí?
Los ojos de él en ese momento se veían encendidos y enfadados. Vane recordó la primera impresión de implacabilidad y contuvo un temblor antes de apartarle las manos.
-No me digas lo que deseo -soltó-. Si estás interesado en una pequeña aventura a bordo, ve a buscar a otra mujer. Seguro que no te costará encontrarla -se puso de pie y se dirigió con furia hacia el mar. Él la agarró del brazo y la obligó a darse la vuelta.
-Y tú no me digas en lo que estoy interesado -ordeno-. Ni siquiera sabías dónde nos encontrábamos. Podría haberte tomado en una playa pública.
-¿De verdad? -echó la cabeza atrás, airada porque hubiera dicho la verdad-. Bueno, pues si estás tan seguro, ¿por qué no lo hiciste?
-Por lo general, me gusta la intimidad, pero sigue empujándome y tal vez haga una excepción.
-Y los cerdos volarán -manifestó al volverse por segunda vez hacia el agua. Apenas se había mojado los pies cuando él volvió a aferrarla. Durante un instante Vane pensó si había calculado mal. La furia que había en los ojos de él no era algo con lo que se pudiera jugar, pero nunca había tenido mucha suerte en controlar su propio temperamento una vez que pasaba de un punto determinado. Cuando Zac la pegó a su cuerpo, lo maldijo.
El quería volver a aplastar esa boca ardiente y furiosa. El deseo lo atravesaba a la misma velocidad que su enfado, y uno alimentaba al otro. Sabiendo cuál sería el resultado si cedía a lo primero, optó por lo segundo. Vane aterrizó en la playa sobre el trasero.
Primero se sintió dominada por el asombro, luego por la ira. -¡Tú... tú... animal! -se incorporó y se lanzó sobre él, centrada en la venganza. Pero cuando la sujetó por los brazos para apartarla, Zac sonreía.
-¿Me creerías si te dijera que estás preciosa cuando te enfadas?
-Vas a pagar por esto, Zac Efron -el agua no había enfriado su mal humor. Con los brazos inmovilizados, trató de darle una patada, pero solo consiguió terminar en el agua otra vez, enredada con él-. ¡Quítame las manos de encima! -lo empujó, se hundió y salió a la superficie escupiendo-. ¡Nadie provoca a una Hudgens y se sale con la suya!
En su intento por evitar que los ahogara a los dos, sintió que su mano conectaba con un pecho. Al siguiente instante descubrió que volvía a apoderarse de la boca de ella mientras la acariciaba a través de la camiseta mojada. Aunque oyó el gemido de Vane, esta no dejó de debatirse, sumergiéndolos otra vez. El probó sal, y los labios de ella; notó los muslos esbeltos pegados a los suyos mientras rodaban bajo la siguiente ola. Con una risa ahogada, la oyó maldecirlo de nuevo al aspirar una bocanada de aire. Luego el oleaje juntó sus cuerpos. Cuando la marea se retiró, quedaron medio cubiertos por el agua y con la respiración agitada.
-¿Hudgens? -repitió de pronto, moviendo la cabeza para despejarla y salpicar la cara de ella-. ¿Vanessa Hudgens?
Ella también se apartó el pelo mojado de los ojos y trató de pensar. El cuerpo le palpitaba con la poderosa combinación de furia y deseo.
-Sí. Y en cuanto recuerde algunas de esas maravillosas maldiciones, te las voy a soltar todas.
Entonces Zac entrecerró los ojos para estudiar sus facciones. Ella le devolvió el escrutinio, para sentirse más confusa cuando lo vio sonreír. Uniendo sus frentes, Zac soltó una carcajada. El sonido era contagioso, pero cuando empezó a responder, notó el bulto incómodo de arena y caracolas que se clavaba en su espalda.
-¿Qué te resulta tan gracioso? -exigió-. Estoy empapada y llena de arena. Las caracolas me han arañado y no he acabado el almuerzo.
Sin dejar de reír, él levantó la cabeza y le dio un beso fraternal en la punta de la nariz.
-Pregúntamelo en otra ocasión. Vamos, limpiémonos y comamos.

1 comentario:

  1. es hot
    creo ke puedo confirmarlo XD XD
    me encanto este capi
    estuvo diver
    y vanessa es estupida!!
    como se va con un desconocido y se deja besarse y ke le haga de todo!!!???
    y sobre todo, me encanto y me partí con esto:
    -Por lo general, me gusta la intimidad, pero sigue empujándome y tal vez haga una excepción.
    -Y los cerdos volarán
    XD XD XD
    ke buena respuesta le soltó vanessa!!
    y por como se a reido zac al saber su nombre completo, me da ke debe conocer a su familia o algo
    bueno leere el siguiente capi
    kisses!

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